El diagnóstico de artritis

Preferimos la expresión “personas que han recibido un diagnóstico de artritis”. Puede parecer un rodeo o no llamar a las cosas por su nombre. Sin embargo, creemos que describe mejor lo que sucede.

Una persona hace una consulta médica porque observa o siente una o más molestias: dolores, rigidez, hinchazón, alguna dificultad para moverse. En la medida en que recurre a la medicina, todas esas cosas que siente se convierten en síntomas. Vale aclarar que el síntoma siempre es una referencia subjetiva, es lo que la persona siente y manifiesta.

El médico/a observa esos síntomas y mediante análisis y otros exámenes busca también signos, es decir, datos objetivos y mensurables. Luego lee el conjunto de síntomas y de signos dentro de su paradigma de salud y enfermedad, los interpreta y produce un diagnóstico.

Un diagnóstico, entonces, es una interpretación. Se interpretan síntomas – cosas que la persona que consulta siente – y signos. El médico/a toma y registra todas estas manifestaciones, las relaciona, elabora una síntesis y las interpreta dentro de una determinada forma de comprender el organismo humano y su funcionamiento. A todo aquello que la persona que hizo la consulta siente, le pone nombre, dice de qué se trata: realiza un diagnóstico.

La persona que inició la consulta recibe entonces el diagnóstico. A las molestias que sentía en primer lugar les pone nombre y, en la medida en que participa de la misma comprensión de salud y enfermedad, asume ese nombre y actúa de acuerdo con él.

Más allá de los síntomas subjetivos y los signos objetivos, el diagnóstico en sí tiene un impacto emocional y un impacto sobre la conciencia de sí que tiene la persona. Entra en juego la percepción individual. Hay cosas que no puedo y hay cosas que no debo. Si tengo tal enfermedad, tengo que actuar de tal manera y no de otra, puedo hacer tales cosas y no otras. Uno empieza a verse a sí mismo a la luz de ese disgnóstico, lo asume, lo hace propio. En muchas ocasiones la persona puede derrumbarse, deprimirse, darse por vencida y resignarse a vivir de acuerdo a las reglas de juego que esa nueva interpretación de sí le impone.

Por lo tanto, llamamos a la artritis un diagnóstico, una determinada interpretación de un conjunto de síntomas. No negamos los síntomas ni los signos. Nunca es conveniente hacerlo. Simplemente decimos que es posible elegir cursos de acción diferentes.

Para los fines de los ejercicios y programas que proponemos, elegimos desmontar el conjunto, volver a individualizar los síntomas: un dolor aquí, una rigidez allá, una dificultad en esta zona, un desgaste  en esta otra. Esto nos da la posibilidad de relacionarlos entre sí de una manera diferente y de relacionarlos con la totalidad del organismo, con las emociones, con el estilo de vida y los hábitos.

Desde el punto de vista de la energía de la persona, encontramos positivo el trabajo sobre los aspectos funcionales y emocionales, des-haciendo la interpretación y abordando una cosa por vez.

Pero esto no significa renunciar a una visión holística. Todo lo contrario. El abordaje que proponemos comprende el organismo como un todo interrelacionado,  el cuerpo-mente como un continuo, también con sus emociones, su entorno, sus hábitos y creencias.

Pero preferimos quitarle carga emocional al diagnóstico y manejarnos desde lo pequeño, un paso por vez, un árbol por vez, conscientes de que existe el bosque.

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